martes, 26 de enero de 2010

127

Cuando abrí los ojos me sentí perdida, desubicada. Parpadeé 3 veces y no reconocí la habitación. Volteé y me encontré con una nota...


" No quería despertarte, te veías hermosa durmiendo con el cabello despeinado. Dicen que mientras más te despeinas, más disfrutas de la vida. Fui a comprar unas cosas para prepararte el desayuno, no me demoro. "



Me levanté, busqué mi ropa limpia y caminé hacia la ventana. La vista era hermosa: al frente habían casas de todos los colores, combinaban así cambies el orden, veías árboles pequeños frente a cada casa, algunos cuidados otros maltratados, a los lejos veías más árboles y entre ellos un rayo de luz, otro y otro, si mirabas con atención podías ver el mar, algo azulado, algo verdoso, algo claro y oscuro, pasivo y agresivo, y si mirabas con atención lograbas ver el sol yéndose dándole paso a la luna.

La luna, tan brillante y lejana. Esa luna que ha sido testigo de las promesas de amor más grandes, de los besos más románticos y cálidos, de las infidelidades y pruebas de amor. Esa luna que parecía estar a centímetros de mí, poseedora de mil secretos, porque desde pequeña que es mi mayor confidente. Sabe de mis amores y desamores, triunfos y fracasos, ilusiones y desilusiones, sabe de mi realidad y mi mundo de fantasía.


Abrí las cortinas y me puse a hacer la cama. Prendí la televisión y busqué música. Di un par de vueltas y apareció delante mío, dispuesto a seguir mi ritmo, con cautela, delicadeza, perfección.

- Que desea para el desayuno, señorita?
- Esto...

Y me acerqué despacio, con la esperanza de recibir respuesta. Le recorrí el dedo índice por las cejas, bajando hasta el cuello, enrollando mis brazos logrando que nuestras caras queden a pocos centímetros. Tan cerca y despacio para que tengamos tiempo de hacer el beso perfecto. Nuestros labios encajaron como piezas de rompe-cabezas. Sus manos no se movían de mi cintura. Sonreíamos entre besos y al alejarnos le mordí el labio inferior.

Agarró mi cara entre sus manos y sonriendo me dijo:
- Eres perfecta, Claudia.

lunes, 18 de enero de 2010

126

- Cuéntame un secreto.
- Cuando camino de noche solo, me imagino el cielo rosado y las estrellas de caramelo. Ahora tú.
- Cuando estoy sola en mi cuarto empiezo a saltar en la cama.
- Me gusta cantar en la ducha.
- Escribo debajo de la cama.
- A veces prendo la radio, subo el volumen y me pongo a bailar.
- Cierro los ojos y veo colores psicodélicos.
- Te contaré algo que no le he dicho a nadie, ni a mi novia más íntima.
- Dale, dime.
- Mi punto débil es el hombro.

Nos miramos fijamente a los ojos, tirados en el piso, dejando que el silencio hable por nosotros. Me agarró la mano e hizo que se entrelace con la suya. Me sonrió, le devolví la sonrisa. Me acarició la mejilla, dibujando círculos sin fin, bajaba lentamente por la boca, el cuello, la clavícula, mis pechos, los botones pidiendo a gritos desaparecer, mi ombligo. Se detuvo. Se sentó y observó mi lunar. Un lunar que pocos habían visto, pero que nadie había notado con tanto asombro, con tanto brillo en los ojos. Se recostó y me dedicó una mirada tierna, acompañada de una radiante sonrisa, dibujó formas que no reconocí en mi estómago. Quiso seguir bajando, se detuvo nuevamente y colocó una mano a cada lado de mi cuerpo. Nuestros cuerpos estaban a unos escasos centímetros y sentí su respiración.

Muy despacio se acercó a mí y en uno, dos, tr... ya me había robado un beso. Un beso tierno, lento, sigiloso. No sé cómo consiguió que termine encima suyo. Sentí sus manos recorriendo mi espalda, me despeinaba, lo despeinaba, me besaba, le mordí, suspiraba, reía, sonreía, rodamos, cambiamos, botones fuera, un cierre sonando. Mi respiración aceleró y quise detenerlo. Me besaba el cuello, no podía.

- Carlos, no puedo. Perdóname.
- No te preocupes Clau, todo bien.

Fuimos a la cama y nos pusimos a ver televisión. Encontramos una película y en cuestión de minutos nos quedamos dormidos. . .

miércoles, 13 de enero de 2010

125

- Por fin te levantas - escuché esa voz suave, mientras una mano acariciaba mis mejillas.

Parpadeé como cinco veces, me dolía la cabeza... intenté levantarme, pero él me decía que me quede quieta, que no estaba bien. Qué demonios me había pasado? Comencé a despeinarme y le sonreí.

Dame la mano, - me dijo amablemente - allá está el baño para que puedas arreglarte.

Me levanté y vi que estaba en una bata de seda, era celeste con manchas blancas. Me toqué todo el cuerpo y debajo solo tenía ropa interior. Quedé horrorizada y le pregunté que había pasado.

- Cierto, tu ropa está secándose... - me señaló la lavandería - estaba sucia por el agua y tú sola te la quitaste.
Creo que nunca antes alguien había hecho algo así. Ni el propio Alex. Fue raro porque es un completo extraño y está portándose así de amable.
- Discúlpame, no quería.. - le dije muy apenada.
- No te preocupes, todo bien Clau.
- Cómo...
- Miré la pantalla de tu celular, perdóname
- No.. no te preocupes.. más bien, tú cómo te llamas?
- Carlos.

Carlos. Su casa era hermosa. Grande, espaciosa, dos habitaciones, tres baños, una sala hermosa y un balcón. La casa era naranja. algunas paredes de colores, otras pintadas por él mismo. Veías cuadros por todas partes y al costado de cada una el nombre del artista. Me paseé por toda la casa sin vergüenza y el sigilosamente me seguía. Se detuvo en la sala para poner un poco de música y se sentó.

Volteé y me miró como quien quiere invitarte a sentarse a su lado. No, no acepté porque la música me consumió y empecé a bailarle. Se empezó a reír y sus ojos recorrían todo mi cuerpo, me sentía hermosa, bella, maravillosa. Me acerqué y le coqueteé. Vi en sus ojos café las ganas que tenía por acercarse más, pero mientras más lo veía más me alejaba.

Le sonreía sin censura, estiré mi mano y le pedí que bailáramos. Me negó 2 veces, pero la tercera es la vencida. Aceptó y lo llevé a la Luna, a Marte, a Neptuno. Dimos vueltas, me mareé, nos mareamos, reímos y gozamos.

Uno, dos, tres... nuestras caras se acercaron y caímos.

Quiero comerle la boca, pensé mientras le despeinaba. . .

lunes, 11 de enero de 2010

124

Corrí sin mirar atrás, ni adelante. La cabeza me daba vueltas y el alcohol empezaba a hacer efecto. Pasaron 5, 10, 20 minutos... no me detuve, seguí corriendo y noté como mi respiración empezaba a acelerarse. Tenía miedo y estaba todo oscuro.

Comenzó a llover sin parar y la luna era mi única luz. Me detuve, pero lo demás no. Las casas daban vuetlas, cobraban vida y se iban de un lado a otro, como si estuvieran bailando conmigo al compás de las gotas de lluvia.

Di un paso y caí. Me encontré con un gran charco de agua sucia frente a mí. Trataba de pararme y no lo conseguía, me sentía débil... el alcohol se había apoderado de mí. Me coloqué boca arriba y respiré profundo, me frotaba la sien y cerraba los ojos. Me imaginé de todo: un cielo azul con nubes a las cuales les daba forma, el pasto más verde que nunca con un árbol gigantezco en cuyo tronco se hallaba una escalera, mis ojos fueron a investigar y se toparon con una casa... una casa del árbol, tan perfecta, tan sencilla.

Las gotas caían en mi rostro, me mojé la nariz, los ojos, la frente, el mentón, y en cada toque sonreía. Pasaron segundos y me senté, volviendo a mi realidad.

Estaba sola, más sola que nunca, en plena oscuridad y mojada. Tenía miedo, mucho miedo y no tenía como comunicarme con Alex. Lo necesitaba, necesitaba sus caricias por mi cara, sus palabras, sus suspiros, sus besos en la frente cuando temblaba de miedo, sus besos en la cabeza mientras me decía que todo estaría bien, sus manos cálidas entrelazadas a las mías, necesitaba su presencia y su olor. Pero él no estaba, y no iba a estar.

Se escucharon pasos y decidí no respirar. Miré hacia todos lados, y no había persona alguna.

Hey estás bien? - dijo una voz saliente de la nada.

No dije nada, e intenté seguir la voz... nada.
Los pasos se acercaban y pegué un grito. Se paró justo tras de mí y empecé a llorar.

Cálmate, no te haré daño - me dijo haciendo que logre verlo con claridad.

Sus ojos. Ojos inolvidables. Me perdí en ellos como por medio minuto y sentí como se acercaba a mí, agarrándome la cara con ambas manos. Me sentí segura y todo comenzó a dar vueltas nuevamente.

Maldito tequila, pensé cerrando los ojos entre sus manos. . .